
que viva la muerte , UN CUENTO ENTRE ISABEL ALLENDE Y MEMPO GIARDANELLI
La coma, màs que una tílde tirada al suelo es inspiradora de novelas. Tanto como Paula de Isabel Allende y Visitas después de hora de Mempo Giardanelli la tomaron como musa, tanto en su vida real como en la ficciòn, para alimentar la narración, construirla y darle voces inexistentes pero que suenan reales mientras el otro està en cama. O mejor dicho, en coma.
Este es un cuentito que nace despues de leer Paula, al recordar a Giardanelli y sobre todo, a las descripciones de la agraria infancia de mi padre.
En sigilo me acerco hacia tu cuerpo pálido y lánguido, humedezco tus mejillas hundidas con el aliento de mi boca ajada con los años. Te observo en silencio. Imagino que el hedor a medicina rancia de mi aposento es tan penetrante que alcanza a camuflar el olor a brisa fresca y a pasto húmedo de nuestros recuerdos. En ocasiones deseo gritarte al oído, tomarte de los hombros y estremecerte rudamente hasta que pueda escuchar el eco de tu alma, aunque sólo sea un ruido, grave, sordo, para matar este silencio.
El transcurrir lento del tiempo suele ser tormentoso para una mujer de seis décadas, robusta y con el cabello gris por no tener más preocupaciones que las inventadas por la ausencia de ellas. Yo también me canso, quizás tú por escucharme, y yo, por elaborar monólogos divinos, sin principio ni fin. Eternos.
Ya van dos noches buenas acompañándonos. Hoy es el primer día de un año como todos y para no transgredir con las costumbres de mi madre, pondré los villancicos en la antigua radiola, quien debe esperar ansiosa cada primero para desempolvarse las entrañas. Y como siempre, el segundero retrocede y la habitación se inunda desde sus techos hasta el suelo con una capa sepia, amarillenta como las hojas de nuestros álbumes familiares. ¿No te sientes en la infancia?.
Recuerdas que solíamos levantarnos antes del amanecer para ayudar a nuestra madre con algunos quehaceres matutinos. Era sólo escuchar el canto del gallo papujo para que de un sopetón nos levantáramos de nuestras camas isabelinas, de olor a madera añeja, y descalzas nos atravesáramos el campo dejándonos hacer cosquillas por el pasto cocuyo, humedecido por el rocío.
Hemos cambiado tanto, ¡maldita sea!. Y ahora tu eres mi Frida doliente, que soñaba con pintarse así misma evocando aquellos tiempos donde nuestros vestidos de encajes, se elevaban con cada giro, con cada movimiento de inocencia hasta que por excesos terminábamos en el suelo, comiendo tierra de alegría y restregándonos la felicidad. Felicidad que añoramos.
Al ordeñar las vacas después del alba, llevábamos la cantina oxidada hasta la cocina, donde el olor a maíz trillado nos obligaba a sentarnos en el piso para esperar, esperar que las arepas se doraran para robarlas disimuladamente y así, adelantar nuestro primer bocado del día. Minutos más tarde, nos encontrábamos con una taza grande de café, una arepa y un huevo frito alrededor de la mesa central, agradecíamos por los alimentos recibidos que en contados segundos íbamos a devorar casi con angustia, para poder salir a disfrutar de nuevo los verdes polifacéticos que rodeaban nuestro lecho.
Como en los viejos tiempos, la comida también es escasa, las gavetas de la cocina están colmadas de frascos con olor a hospital y espero que tus sentidos no estén dormidos todavía, por el pasillo se acerca sigilosamente el humo del café negro. No es como el de mi madre pero todavía conservo las tazas, de color azul y blanco en degradé, de porcelana, con remiendos en sus agarraderas por los continuos accidentes de cocina. ¿Sabes?. En ocasiones no puedo controlar las lágrimas que me fustigan por no haberte dicho que mi niñez fue feliz por ti, ¿Por qué esperar tanto tiempo para recordártelo?.
No sé si es tarde para preguntar en donde quedaron nuestras sonrisas y el por qué las olvidamos tan fácilmente. La fatalidad me consume en cada respiro acelerando mi corazón e inundando mis ojos de cólera, porque sé que todos tenemos un final.
Tu coma me come la calma y me quita las ganas de vivir.